Lo mejor de ser profesor es cuando os vais del colegio para siempre. Vaya inicio polémico, ¿eh? Parece que lo que digo es que estoy deseando que os larguéis para no veros jamás. Pero no es eso lo que quiero decir. Lo mejor de ser profesor es que cuando os vais del colegio para siempre, comienza una nueva forma de relación que es incluso mejor que la anterior. Desaparece la distancia profe-alumno que es inevitable crear, si quieres que, como profesional, funcione tu clase.
Es entonces cuando se crea un vínculo basado muchas veces en los buenos recuerdos y la nostalgia que surge de una y otra parte, pero también una relación de adulto a adulto, de manera que podemos conversar de cómo nos va la vida, cuando venís a vernos pasado un tiempo, y podemos tomar un café hablando de todo un poco.
Si hay algo de lo que esté orgulloso y satisfecho de mi trabajo es que mantengo con muchos alumnos una relación de amistad una vez pasada nuestra etapa educativa juntos. Y me refiero a alumnos ya muy mayores, puesto que a pesar de mi juvenil aspecto, llevo ya muchos años aquí en el cole, pasando por mí varias generaciones de alumnos.
Así, todos los años voy al cumpleaños de N. , exalumna que estudia para ser diseñadora de moda, que celebramos con su familia en un restaurante chulo del centro de Madrid; fui a la boda de M., de la que fui tutor hace ya siglos; me encuentro con V., licenciado en Turismo, en todos los conciertos habidos y por haber en Madrid y los comentamos juntos; quedaré con Y., futuro profesor, esta misma semana para ir a la Filmoteca Nacional a ver una película del ciclo de John Waters, el rey del cine trash; hablo casi todos los días con A., T., L., I. y otras decenas de exalumnos por Facebook, comentándonos unos a otros cualquier chorrada que pongamos...
El viernes pasado tocaba quedada con tres de mis exalumnos más queridos, I., C. y B., los tres estudiantes universitarios ya. Con ellos tengo una cita ineludible todos los años: nos vamos a un festival de cine de terror aquí en Madrid y nos tiramos un fin de semana entero viendo películas con alto contenido en hemoglobina y zombies, junto a todos mis amigos que también vienen y un sobrino mío. Pero de vez en cuando quedamos para irnos a dar una vueltecita por el centro, especialmente por la Fnac, ese templo sagrado para los cuatro. Yo acabé comprándome dos packs de series y C. un bizarrísimo disco de funk, que tenía una pinta espantosa, lo que supuso un cachondeíto tremendo toda la noche.
Luego nos fuimos a cenar: yo propuse ir al Musashi, un japonés barato y delicioso, y B. e I. inmediatamente secundaron la moción, quedándose solo C., que nunca había comido la deliciosa gastronomía japonesa. El pobre se quedó con hambre, me temo, pero nosotros nos pusimos ciegos a tallarines, empanadillas gioza, ternera teriyaki, kakiage don y sushi.
Tras la cena, nos fuimos a un café en el barrio de Malasaña, donde estuvimos charlando de todo aquello que nos gusta: cine, libros, series de televisión, nos metimos con Cheers y El barco...Como vimos que allí podíamos coger juegos de Trivial, decidimos echarnos una partidita, para demostrarme que ya me superaban en conocimientos. Por supuesto, les gané. Pero sudé para ello, porque me tocaban preguntas imposibles y C. siempre iba por delante. Las risotadas que nos dimos fueron bien escandalosas.
Vencedor, decidí retirarme antes de que me humillaran. Y es que a pesar de todo sigo siendo su profe, y tengo que mantener el estatus. A pesar de todos los años, muchos me siguen llamando "profe", y yo les pido que no lo hagan, que ya es hora de que pasen página. Ya hemos dejado de ser profe-alumnos. Ahora, somos amigos y punto.
:D !!
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