Yo soy de esas personas que aún les gusta la Navidad. Es verdad que acabas un poco hastiado y aburrido de tanta comida/cena de compromiso (que si familia, que si compañeros, que si amigos...que si más familia), pero yo no he perdido aún ese espíritu infantil ante la llegada de estas fechas tan señaladas, que diría nuestro accidentado monarca. No sé si será porque soy muy naif, o porque estoy atontado o por qué, pero me gusta saber que llegan, hacer regalitos, cenar el día de Nochebuena con mis padres, mi hermano y su familia (ya que mi hermana, al vivir en Chicago, no puede venir para esa noche), organizar la cena de amigos, quedar con gente a la que hace mucho que no ves.
Así, el sábado que viene ya tenemos la mítica cena de amigos, donde nos juntamos entre 25 y 30 personas (el grupo de los íntimos, de los más cercanos) y que tiene el amigo invisible más chusco y divertido de la historia. Desde tiempos inmemoriables, cada uno tiene que ir a la cena con un regalo, el más espantoso que se encuentre en una tienda y decir que este año se ha portado muy bien y que es muy valioso. Solo te puedes gastar tres euros y los regalos son verdaderas atrocidades, muchas "made in China". Luego, se reparten al azar (mentira, siempre hay algún cabrito que te la tiene jurada y consigue que el repartidor te lo coloque) y cada uno tiene que adivinar quién ha comprado semejante porquería. La que montamos el año pasado en un restaurante hipermegafino e hipermegacaro de la capital fue tremenda. Pero esa es otra historia que prefiero obviar...
También la Navidad es el momento de la vuelta a casa de amigos míos que viven fuera de España, como mis amigos A. y Y. que viven en Munich, y con los que tengo siempre una comida obligatoria en un japonés del que somos fans y una visita por las tiendas de cómics de Madrid (los dos son grandes lectores), donde nos metemos con todos los frikis, que parecen extras de "The big bang theory"; también llegan P. de Londres, K. de París o A. de Berlín, y de alguna manera u otra acabo quedando con todos, a pesar de los compromisos sociales y familiares de cada uno. Y, por supuesto, la llegada más importante, la de mi hermana con mis tres monstruitos de sobrinos, que suele ser para Nochevieja, pero que este año, para mi desgracia, no se producirá (con lo que tendré que esperar al verano).
Pero las Navidades traen otra cosa horrible: los tumultos en el centro. Y es que la zona de Sol-Callao-Gran Vía se pone insoportable durante estos días. Se supone que muchos van a comprar, pero en realidad lo que van a hacer es pasearse arriba y abajo, con gorros estúpidos comprados en la Plaza Mayor (ay, Don Benito Pérez Galdós, para lo que ha quedado su plaza). Es lo que mi amigo A. llama "el tontódromo", gente que no compra nada pero que molesta en todas partes.
Ayer, aprovechando el día de fiesta convencí a mi amorsote para que nos fuéramos al centro y miráramos posibles regalos de Navidad/Reyes, más que nada, para tomar nota y no meter la pata. Así, iPad en mano, íbamos tomando fotos de todo aquello que queríamos para luego mandar un mensajito vía mail con las fotos. Es lo que tiene el mundo iPad, que ni la memoria ya la tengo que ejercer. Pues bien, insoportable es poco decir. Todo era un horror de gente, mi amada Fnac (donde tarde o temprano me pondrán una estatua, por todo el dineral que allí he dejado de mi sueldo) estaba de bote en bote y no había manera de pasear y ver las cosas a gusto, ni de hacer las fotos en condiciones. Huímos de allí para comprobar que la gente está loca, y es capaz de hacer una cola de tres horas o más para comprar lotería en Doña Manolita, como si solo tocase allí. La gente está fatal de lo suyo.
Se me ocurrió entrar en el H&M para mirar un jersey (para pedir en el amigo invisible de la familia política) y me quise morir de gente y de calor. Huyendo de allí, nos metimos en el Zara a mirar unos zapatos, y peor aún. Acabamos huyendo también de allí y nos refugiamos en Generación X, esa cadena de tiendas de productos frikis que se extiende por Madrid como un Inditex para gente con mayor nivel intelectual pero menor éxito social que los compradores de la cadena textil (carnaza de Hombres y mujeres y viceversa, especialmente las adictas al Stradivarius). Allí, como un friki más acabé comprándome una camiseta negra con un escudo con un huargo que dice "Winter is coming". A buen entendedor, pocas palabras basta, pues ya sabrán de qué hablo.
Tras un café en un sitio chulísimo que han abierto en el barrio del Triball (ese barrio artificial que han creado para acabar con la prostitución que arrasaba en la parte posterior de la Gran Vía, que poco a poco va reduciéndose), nos dirigimos a la calle Fuencarral, para reunirnos con algunos amigos, puesto que uno de ellos, que toca la batería en un grupo de soul, tocaba esa noche, y ahí teníamos que estar como groupies para hacer bulto y que aquello fuera un éxito. Pero esa es otra historia...a contar en el siguiente capítulo.
Hace ya pocos años que cogí manía a la Navidad. Si es verdad que me encanta que me hagan regalos por reyes, pero la mayor parte de las personas ven la Navidad como un época de consumo (yo también me incluyo) Desde siempre me gustaba ver a mis primos y a toda mi familia en la típica cena, pero ahora me aburro bastante ya que tengo poca relación con muchos de ellos.
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