Así, el jueves pasado mi amiga E., profesora de Lengua como yo y Jefa de Estudios en un instituto del centro de Madrid, nos invitó a todos los amigos a un concierto que se celebraba en la sala Galileo Galilei, en el barrio de Argüelles, famoso por haberme tenido como vecino durante tres años. El concierto era de un grupo llamado Los Pilotos, en el que el teclista es su hermano, famoso por ser teclista del grupo de rock indie-alternativo más famoso de España, Los Planetas; vamos, que su hermano es una estrella independiente.
Y como yo me apunto a todo, pues allá que fui. Directamente del Juande, me fui al centro y como tenía tiempo, me di una vuelta por mi antiguo barrio (Malasaña) a ver tiendas tan curiosas como Curiosite (la tienda de regalos más originales de todo Madrid), donde me compré una figurita de Kurt Cobain, el suicida cantante de Nirvana, para que haga compañía a la de Amy Winehouse, en la estantería que en casa tengo dedicada a estrellas muertas en extrañas circunstancias (pronto hará compañía a ellos dos una de Michael Jackson de zombie que ya eché un ojo).

Después, me pasé por Tiger, mi "zarrien haus" (tienda de zarrios-tratos inútiles) favorita, para ver qué trasto para Navidad compro para que sirva de adorno a mi mansión. De ahí me fui a "La mañica", uno de los bares más infectos del barrio de Argüelles donde me esperaban mi amiga C. y mi amigo J. Fueron llegando poco a poco todos mis amigos, que en cuanto hay algo gratis se apuntan todos, y entramos al concierto con nuestras invitaciones V.I.P.
El concierto fue toda una experiencia: uno con un ordenador metiendo electrónica, el otro con una guitarra metiendo distorsión y en medio una enorme pantalla 3D con todo tipo de juegos visuales que nos tuvo absortos. Acabado el concierto, fuimos al backstage a saludar a los artistas y a comer y beber de gorra, que es para lo que siempre se va al backstage. No pudieron firmarme el disco (en vinilo, por supuesto, que soy un cultureta) porque me lo dejé en casa, pero prometieron hacerlo en el siguiente concierto.
Lo malo es que tanta inquietud cultural me pasa factura, y al día siguiente, al sonar el despertador y saber que tenía que ir al Juande a esparcir mi amplia sabiduría con mis queridos alumnos, quise morirme y meterme en la cama de nuevo. Pero como antes que el ocio, siempre está el negocio, me fui para allá y en ningún momento pudo nadie notar mi cansancio tan devastador. Es lo que tiene ser un gafapasta y un cultureta, que salir luego te deja para el arrastre. Especialmente cuando uno ha sobrepasado la horrenda frontera de los 40. Anda que me iba a cansar yo cuando tenía 20. Pero la inquietud cultural nunca se pierde, ni con 20 ni con 40.
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